jueves, abril 17, 2008

Tres poemas de "Hay batallas" *

Para los que fueron conmigo,
para los que no regresaron.


Estábamos en eso de salvarnos

Estábamos en eso de salvarnos, estábamos
amargos y oscuros
sobre el caballo del tiempo.

Tú no me veías,
debí saberlo. Tú no me veías
zozobrando.

Una tarde sembré un brazo de siempreviva
porque estábamos en eso de salvarnos
y yo pensaba en los retoños
con apasionada inocencia,
mientras el mar, su cadera turbulenta,
nos arrojaba entre médanos de niebla.

Era el cielo tendido entre dos mares,
el grito acallado en la garganta
con hirvientes alfileres,

pero estábamos en eso de salvarnos,
porque pensaba “qué hermoso sería
salvarse entre dos manos”.

Porque estábamos en eso de salvarnos,
caminé tras de otros pasos
con la voz atenazada por la asfixia,
una urgencia de metales y campanas,
mientras las llamas devoraban
la maleza que crecía entre nosotros.

Porque estábamos en eso de salvarnos,
quise entregarme a la delicia del ensueño
en una habitación donde la sangre
y su ramo carnal
pudieran cerrarme los ojos,

porque estaba en eso
de caminar sobre la cuerda,
y era nada más salvarse,
para no poner
el pie sobre el vacío, poner
el pie sobre la cuerda.

Fue por eso,
porque la muerte tenía
la blancura toda para ella,

que anduve de cima en cima
desterrada,
y los frutos todos
amargaban mi lengua;

porque estábamos heridos y solos
en esa desventura, en esa
tierra donde los hombres
se conocen a sí mismos,

mientras los otros, envilecidos como hienas
y voraces aves de rapiña,
nos miraban persiguiendo
estrellas en un pozo:

la perra que viste vestirse de cisne,
la muda nutria desangrada,

y porque sabía ya de esa sombra,
de su hondura casi agua, casi cielo,

porque había que cerrar los ojos,
no ver hacia adelante,

porque adelante estaba ya la tierra,

porque en su negro rumor,
entre sus brazos,
vi nacer un manantial,
toqué sus aguas,

y la tierra tenía sabor a pan,
a fruto,

porque vi, cayendo, todo el amor
desbordado y cierto
una noche sin palabras.



Día de muertos

A Alfredo Giles Díaz


Nadie escribió el poema
que está latiendo en la página silenciosa de la espera.
La espesura construyó nuestras esquelas,
troqueló nuestros silencios con corceles.
Nómbrame “piedra”, escritura mineral,
vaho de los solares que perdimos.

Una peña despeñándose
en nuestra memoria, un viñedo cultivado
en la esmerada pasión de los ausentes.
Duermen los recuerdos, se recuestan en mi pecho.
Dicen pájaro y es pájaro el lagarto
que en mí amanece (herido, comatoso).

Avanzamos,
en el corazón del tiempo
crece el temor de quedar varados
en la doble cuchilla del camino.

(¿Estás aquí, de vuelta?—pregunto—¿estás aquí,
rosa de fuego?)


Después, el sueño del desasosiego,
la estoica cancioncilla que repite “hay
un muro cercándonos. Un muro atrincherado
en la neblina”.

Cuánta luz había ese día. Ese día que ahora
se sumerge en las costas asediadas del exilio.

¿Qué emboscada cayó sobre nosotros, trocó
por panes amargos nuestras piedras?

¿Qué dios maligno
ató nuestra barca en el diluvio?

Hay un poema latiendo en el silencio,
ríos espesos que escapan a nuestra memoria
y, sin embargo, miran
los ojos abiertos del tiempo,
y preguntan,
y preguntan
dónde está la escritura que la vida
debió emprender para salvarnos del olvido.



Respuesta
a Luigi Amara
"Y... por qué no escribes un poema feliz?"

No tengo corazón para las cosas,
para verlas rodar en su caída,
para el largo murmullo
en su agonía.

No tengo corazón para las cosas
felices de este mundo:
no me alcanza el corazón para la risa,
ni el ojo para el ave,
ni la mano para la gota.

No, no tengo corazón.
No alcanza su hipo a la hipérbole
ni sus dedos se congelan con la nieve.

Y aunque quisiera rendirse, a veces,
tumbarse sobre la hierba,
su sombría pesadumbre se lo impide.

Me falta corazón para las puertas,
para las manos de los hombres.

Me falta. Me falta morir
para encontrarlo.
Tenderme
sobre el lomo de su rayo,
cabalgar sobre su grupa.

A veces, ya muy noche, pregunto
al enorme silencio del mundo
cómo puede morir
el corazón entre las manos;
a veces, muy temprano, pregunto
a la gran algarabía del mundo.

Asombrada,
miro su torpe ánimo,
su paso incierto,
su lenta caída.

Es triste, lo sé.
Pero no tengo corazón para las cosas
felices de este mundo.




*Hay batallas Joaquín Mortiz, México, 2005.