jueves, octubre 27, 2005
martes, octubre 25, 2005
El problema
El blog es el invento más refinado de los mass media. Tarde o temprano todos seremos devorados. En una época donde se perdona todo salvo el anonimato y se enaltece sobre todas las cosas a la personalidad (¡somos únicos e irrepetibles!), el pudor se antoja como una anacronía y el silencio como una incapacidad.
domingo, octubre 23, 2005
... Tanto el amor como el dolor son indecibles, se engaña quien piense que un rastro siquiera puede traducirse. Decir el amor es traicionarlo, sacarlo de su infinito, volverlo efímero. Un poema sobre el amor ha traicionado su aspiración más alta: volverlo perdurable. Esta traición, indispensable en una buena obra literaria es, sin embargo, la condición de su sobrevivencia.
...Casi nadie se merece la felicidad porque casi nadie la soporta.
...la dignidad termina donde la necesidad comienza.
...Casi nadie se merece la felicidad porque casi nadie la soporta.
...la dignidad termina donde la necesidad comienza.
viernes, octubre 21, 2005
...la palabra siempre se queda corta, el silencio nunca.
...Todo pasado preverbal fue mejor (Crítico literario).
...Todo pasado preverbal fue mejor (Crítico literario).
... la lucha de la imaginación contra la realidad, la sugerencia contra la evidencia. Casi todos las tragedias humanas, si no es que todas, residen en la imaginación: por allí se deslizan, silenciosamente, los actos.
En su dicho, querido D.
... Oh querido, el lenguaje me dice: no, el lenguaje. Es sencillo cerrar las puertas: dice no, él, lenguaje. Hablar, como quien dice que dice hablar, no es tan simple. Basta con que veas la rugosidad esa, la simple rugosidad de la textura que se enreda: hablar como quien dice hablar, no es tan simple.
Vienes del bulbo, de la máquina, esa matriz silenciosa ¡carnicero! recoge ya tus herramientas. La jaula es pequeña el aire es inmenso. Hablar lo que se dice hablar, sólo el pájaro, el trino que vuela.
¿pero qué te digo cuando te escribo que el aire es inmenso?
Jugar es un verbo que se enreda, como la lengua. Hacia el mono, que no dijo ¿de quién es esta pierna? no dijo, el mono atrapado en su piedra.
Afuera, ya lo ves, todos juegan con sus globos inmensos ¡carnicero! recoge ya tus herramientas.
Esta caja no se abre, esta caja ¿tiene por nombre el nombre de la llave?
Vienes del bulbo, de la máquina, esa matriz silenciosa ¡carnicero! recoge ya tus herramientas. La jaula es pequeña el aire es inmenso. Hablar lo que se dice hablar, sólo el pájaro, el trino que vuela.
¿pero qué te digo cuando te escribo que el aire es inmenso?
Jugar es un verbo que se enreda, como la lengua. Hacia el mono, que no dijo ¿de quién es esta pierna? no dijo, el mono atrapado en su piedra.
Afuera, ya lo ves, todos juegan con sus globos inmensos ¡carnicero! recoge ya tus herramientas.
Esta caja no se abre, esta caja ¿tiene por nombre el nombre de la llave?
Antes *
la piedra de un corazón apedreado en la corriente, la piedra de un corazón que se sumerge en el río de aguas espesas y silbantes, que se hunde. Hunde todo su peso, cae al fondo. Tocar fondo, al fondo está la tierra, su íntima arena. (Descansará). Descansará la piedra sobre la arena del fondo que es tu cuerpo. ¿Cómo caería algo que no se mueve? Pero cae, cae, una hoguera que agoniza: basta mirar la brasa ardiente: su lenta combustión, la carne de su tronco consumiéndose. Baste ver el fuego, la brasa ardiente. Baste verla: cenizas solamente. La sangre trasminándose del ojo, agua liberada de su fuente, una vez roto el vaso que la contiene (agua, hacia su fuente, entre las hojas, hacia ¿dónde? el cuerpo, por primera vez boca de tierra, donde igual trabaja el tiempo (con la misma rapidez que siempre)).
Gota y golpe. Gota y golpe de luz, en las astillas transparentes de las gotas. Golpe y sonido, la jícara que carga el agua, el sol ardiente, la mano sobre el lavadero: la vela de la falda, su flor sobre la piedra. Es la mañana. Antes. El mantecado. El batir de manos que se agostan, aves que en el aire se desvanecen. Mano contra mano, nuez contra nuez: la jícara, el agua. Talla, talla en la piedra, el tiempo.
Aun los tristes se sonríen, miran por la ventana, escuchan el batir de los cuchillos. Aun, sobre la mesa, se distienden: toman con delicadeza la concha, el bolillo. Extienden el migajón entre sus dedos y sus lentos paladares. Comer, batir la mandíbula desierta, pura física: a mandíbula batiente devoramos un cerdo con recaudo y éramos como niños que se encuentran en el festín de lo necesario.
Cerdos. Habrá que mirar a los cerdos, a mandíbula batiente, mirar a los cerdos, mirar sobre las heces la tortilla dorada y el grano de maíz reluciente, una reliquia para los cerdos. Una reja los circunda. Duermen y amamantan y son rosados y hermosos. Los cerdos. Que chillan en la tarde, en la mañana. Irse mirándolos e imaginar el cuchillo que penetrará su cuello: lo colgarán para que la sangre toda se le vaya del cuerpo, mane sobre la cubeta. Especies. Canela, pimienta y cardamomo y la tripa bien lavada para contener lo que antes tuvo alas o sangre, a secas sangre.
Tengo ya las horas de la muerte. Para mí, como un cartógrafo. La sed. El aliento. Yo miré tu cuerpo, así, venciéndose. Miré el último movimiento de tus párpados, tu corazón levantarse abatido y despeñarse —yo estaba allí, contigo— en la sed, el ahogo. Miré el asedio de tu ojo, el frío, sus altas fiebres, su lento hipo, el pulmón que rompe la cuerda que lo sostiene, leva el ancla, para siempre.
…—Pero Yucatán está muy lejos de Tabasco. Yucatán o Chiapas, otra cosa. Las vacas no dan el mismo queso, el queso duro queso ríspido y difícil, es de Tabasco. Lo mismo los árboles que crecen en los ríos, el cacao y el agua de chía. Los árboles, ese árbol de casa de mi tío, no daría la misma sombra, si estuviera en otro lado—.
¿A quién le hablo cuando hablo contigo? No hablo contigo. Hablo conmigo, dirán. Con tu memoria que es mía. Pero ¿es sólo mía? ¿También habrá de ser azotada por el agua, por la gotera inminente? ¿Borrará todo signo? Pero ¿qué es un signo? Sonoro. Si es sonoro, es esta música inaudible. La música de las piedras, también. De las estrellas en su catástrofe, de la cama y la almohada donde duermes. Entonces, no hablo por mí y hablo contigo. Contigo que estás en el aire que respiro. Aunque no conteste tu lenta lengua de vidrio. Algo hablará. Hablará conmigo.
Los perros ladran en la esquina, toda la noche. Ladran, los perros en las esquinas de esta calle, asoman sus filosos colmillos. Nos acechan, mienten datos otrora precisos, nos engañan con sumas misteriosas, restas que no cuadran: dicen que fue ayer y no fue ayer sino mañana. Por las mañanas dicen que será ayer y que ha sido hoy todo el tiempo, dicen que estuviste ahí, que no estuvimos, que estás soñando sobre la arena de otro mundo. Dicen que es tarde cuando es temprano y luego ríen, escupen sobre nuestros ojos doloridos.
Porque los perros ladran y nos confunden, dicen que son hoy, que devoraron ya tu hígado, que su boca arenosa tragará tus miembros. Dicen que son ellos la verdad, la única; que tras sus fieros cuerpos no hay sino niebla. Dicen eso mientras muestran sus colmillos ensangrentados. Y sus negros cuerpos relucientes.
Ladran, aún ladran en la noche. Los perros.
*Poema parte del libro "Hay batallas"
Gota y golpe. Gota y golpe de luz, en las astillas transparentes de las gotas. Golpe y sonido, la jícara que carga el agua, el sol ardiente, la mano sobre el lavadero: la vela de la falda, su flor sobre la piedra. Es la mañana. Antes. El mantecado. El batir de manos que se agostan, aves que en el aire se desvanecen. Mano contra mano, nuez contra nuez: la jícara, el agua. Talla, talla en la piedra, el tiempo.
Aun los tristes se sonríen, miran por la ventana, escuchan el batir de los cuchillos. Aun, sobre la mesa, se distienden: toman con delicadeza la concha, el bolillo. Extienden el migajón entre sus dedos y sus lentos paladares. Comer, batir la mandíbula desierta, pura física: a mandíbula batiente devoramos un cerdo con recaudo y éramos como niños que se encuentran en el festín de lo necesario.
Cerdos. Habrá que mirar a los cerdos, a mandíbula batiente, mirar a los cerdos, mirar sobre las heces la tortilla dorada y el grano de maíz reluciente, una reliquia para los cerdos. Una reja los circunda. Duermen y amamantan y son rosados y hermosos. Los cerdos. Que chillan en la tarde, en la mañana. Irse mirándolos e imaginar el cuchillo que penetrará su cuello: lo colgarán para que la sangre toda se le vaya del cuerpo, mane sobre la cubeta. Especies. Canela, pimienta y cardamomo y la tripa bien lavada para contener lo que antes tuvo alas o sangre, a secas sangre.
Tengo ya las horas de la muerte. Para mí, como un cartógrafo. La sed. El aliento. Yo miré tu cuerpo, así, venciéndose. Miré el último movimiento de tus párpados, tu corazón levantarse abatido y despeñarse —yo estaba allí, contigo— en la sed, el ahogo. Miré el asedio de tu ojo, el frío, sus altas fiebres, su lento hipo, el pulmón que rompe la cuerda que lo sostiene, leva el ancla, para siempre.
…—Pero Yucatán está muy lejos de Tabasco. Yucatán o Chiapas, otra cosa. Las vacas no dan el mismo queso, el queso duro queso ríspido y difícil, es de Tabasco. Lo mismo los árboles que crecen en los ríos, el cacao y el agua de chía. Los árboles, ese árbol de casa de mi tío, no daría la misma sombra, si estuviera en otro lado—.
¿A quién le hablo cuando hablo contigo? No hablo contigo. Hablo conmigo, dirán. Con tu memoria que es mía. Pero ¿es sólo mía? ¿También habrá de ser azotada por el agua, por la gotera inminente? ¿Borrará todo signo? Pero ¿qué es un signo? Sonoro. Si es sonoro, es esta música inaudible. La música de las piedras, también. De las estrellas en su catástrofe, de la cama y la almohada donde duermes. Entonces, no hablo por mí y hablo contigo. Contigo que estás en el aire que respiro. Aunque no conteste tu lenta lengua de vidrio. Algo hablará. Hablará conmigo.
Los perros ladran en la esquina, toda la noche. Ladran, los perros en las esquinas de esta calle, asoman sus filosos colmillos. Nos acechan, mienten datos otrora precisos, nos engañan con sumas misteriosas, restas que no cuadran: dicen que fue ayer y no fue ayer sino mañana. Por las mañanas dicen que será ayer y que ha sido hoy todo el tiempo, dicen que estuviste ahí, que no estuvimos, que estás soñando sobre la arena de otro mundo. Dicen que es tarde cuando es temprano y luego ríen, escupen sobre nuestros ojos doloridos.
Porque los perros ladran y nos confunden, dicen que son hoy, que devoraron ya tu hígado, que su boca arenosa tragará tus miembros. Dicen que son ellos la verdad, la única; que tras sus fieros cuerpos no hay sino niebla. Dicen eso mientras muestran sus colmillos ensangrentados. Y sus negros cuerpos relucientes.
Ladran, aún ladran en la noche. Los perros.
*Poema parte del libro "Hay batallas"
jueves, octubre 20, 2005
"El poema" Manifiesto
...y, sin embargo, seguimos escribiendo. ¿Por qué seguimos escribiendo poemas? ¿de dónde proviene esa manía? Habrá quien escriba por su gusto por la belleza, así llanamente, o quien siga escribiendo —aunque parezca increíble— por el estatus que esta actividad reporta (en su versión negativa o en su versión positiva aunque sea meramente ornamental: yo conozco a muchos) , o quien escriba por la pesadísima urgencia de continuar el cánon, o solamente para estar a la moda y transitar la estrechísima pasarela literaria con sus efímeros reflectores.
Cada quien, me imagino, se contesta esta pregunta si es que acaso se la formula. Para mí la escritura, tiene que ver, por un lado con su carácter necesario y por otro con la honestidad para acometer el poema. Estas dos condiciones, enunciadas así, podrían parecer algo inocentes. Pero para mí el poema sigue siendo un acto personal de resistencia: no una resistencia en abstracto (como les encanta a los poetas escribir para enaltecerse) sino muy precisa:
resistencia frente a un hacer poético muy de moda que se declara solipsista, monologante;
resistencia frente a una preceptiva literaria que impone a las mujeres escritoras serias un modo de hacer-decir-ser (que consiste en fundamentalmente ser misóginas);
resistencia al modelo de humanidad que algunos poemas de hoy construyen (con sus embellecimientos o sus feísmo, según sea el sapo);
resistencia a la banalidad y complacencia de lo cool, divertido y desmadroso que supone ser joven poeta latinoamericano (con botellita de cerveza en mano y obligado tambaleo);
resistencia frente a las poses malditistas y pseudotrasgresoras que se complacen en derramar unas gotitas de bilis en el blog confundiendo a la poesía con el escusado;
resistencia frente a los prejuicios que heredamos de la corrección poética;
resistencia frente a quienes hablan del poeta como un iluminado hacedor pero que pactan con estafadores;
resistencia a la resistencia de no saber andar solos sin muletas generacionales;
resistencia frente a la “postmodernidad”, “El fin de la historia” “el carácter histórico de la poesía”;
resistencia frente a las clausulitas “nuevos mecanismo escriturales” “escrituras particulares” y el calificativo “antisolemne” que aparece inevitablemente para legitimar lo in de un poema;
resistencia frente al hábito de autoantologarnos todo el tiempo como si nuestro ombligo fuera muy interesante;
resistencia a que este hábito mexicano pudra el mundo;
resistencia frente a los pactos amistoso-literarios entre talentosos e interesados;
resistencia frente a la rebatinga de los huesitos de Paz, de Vallejo, Gorostiza;
resistencia frente a la banalización-imitación de discursos subversivos de las poéticas extremas (farewell to Hospital Británico, el desierto de Atacama, Trilce, Contranatura y un largo etcétera quetodos sabemos); ah ¡cuánta cuánta mierda! Uno piensa cuánta mierda, en la tribu más indigna y antropófaga (sin lindas metáforas brasileñas). El poema, para mí, no tiene nada que ver con esto y la poesía tampoco y estoy agradecida, no saben cuánto, de saberlo. Sus alcances, sus deficiencias, su oscura lucha, su modestia, compensan con mucho a su contexto. Hoy que el contexto es todo y la historia y sus almanaques teóricos-literarios con su insufrible terminología parecen justificarlo todo: hasta la ignominiosa presunción de que la poesía no necesita un lector, se basta a sí misma. De la honestidad, bueno qué digo, la honestidad ¿qué es eso?
* Última parte de la ponencia leída en el Encuentro de Poesía "Estoy afuera".
Cada quien, me imagino, se contesta esta pregunta si es que acaso se la formula. Para mí la escritura, tiene que ver, por un lado con su carácter necesario y por otro con la honestidad para acometer el poema. Estas dos condiciones, enunciadas así, podrían parecer algo inocentes. Pero para mí el poema sigue siendo un acto personal de resistencia: no una resistencia en abstracto (como les encanta a los poetas escribir para enaltecerse) sino muy precisa:
resistencia frente a un hacer poético muy de moda que se declara solipsista, monologante;
resistencia frente a una preceptiva literaria que impone a las mujeres escritoras serias un modo de hacer-decir-ser (que consiste en fundamentalmente ser misóginas);
resistencia al modelo de humanidad que algunos poemas de hoy construyen (con sus embellecimientos o sus feísmo, según sea el sapo);
resistencia a la banalidad y complacencia de lo cool, divertido y desmadroso que supone ser joven poeta latinoamericano (con botellita de cerveza en mano y obligado tambaleo);
resistencia frente a las poses malditistas y pseudotrasgresoras que se complacen en derramar unas gotitas de bilis en el blog confundiendo a la poesía con el escusado;
resistencia frente a los prejuicios que heredamos de la corrección poética;
resistencia frente a quienes hablan del poeta como un iluminado hacedor pero que pactan con estafadores;
resistencia a la resistencia de no saber andar solos sin muletas generacionales;
resistencia frente a la “postmodernidad”, “El fin de la historia” “el carácter histórico de la poesía”;
resistencia frente a las clausulitas “nuevos mecanismo escriturales” “escrituras particulares” y el calificativo “antisolemne” que aparece inevitablemente para legitimar lo in de un poema;
resistencia frente al hábito de autoantologarnos todo el tiempo como si nuestro ombligo fuera muy interesante;
resistencia a que este hábito mexicano pudra el mundo;
resistencia frente a los pactos amistoso-literarios entre talentosos e interesados;
resistencia frente a la rebatinga de los huesitos de Paz, de Vallejo, Gorostiza;
resistencia frente a la banalización-imitación de discursos subversivos de las poéticas extremas (farewell to Hospital Británico, el desierto de Atacama, Trilce, Contranatura y un largo etcétera quetodos sabemos); ah ¡cuánta cuánta mierda! Uno piensa cuánta mierda, en la tribu más indigna y antropófaga (sin lindas metáforas brasileñas). El poema, para mí, no tiene nada que ver con esto y la poesía tampoco y estoy agradecida, no saben cuánto, de saberlo. Sus alcances, sus deficiencias, su oscura lucha, su modestia, compensan con mucho a su contexto. Hoy que el contexto es todo y la historia y sus almanaques teóricos-literarios con su insufrible terminología parecen justificarlo todo: hasta la ignominiosa presunción de que la poesía no necesita un lector, se basta a sí misma. De la honestidad, bueno qué digo, la honestidad ¿qué es eso?
* Última parte de la ponencia leída en el Encuentro de Poesía "Estoy afuera".
